lunes, 23 de febrero de 2015

veintidós

I’m a 21st century man,
gonna make it to the Promised Land…
Or die trying… or die trying…

Y allí estaba él, tan solo como satisfecho. Dicen que la ignorancia es el mayor placer pero se equivocan: la ignorancia hace que el no poseer el mayor placer no te torture por dentro.

She’s a 21st century girl,
working her way to a better world.
She’s gonna make it… She is gonna make it.

Y allí estaba ella, tan satisfecha como tranquila. Sabía que el disfrutar de algo lleva consigo el mal trago de poder perderlo, era una experta.

And is this life goes passing by,

Y allí se encontraron, justo en medio de la vida… justo en la mitad de ningún lado.

Oh… did you ever stop and wonder why?

¿Y si no lo hubieran hecho? ¿Qué hubiera sido diferente? ¿Qué no? ¿Merece la pena replanteárselo?

Am I breathing for a reason?

Si hay alguna diferencia entre “vivir para existir” y “existir para vivir”, es ella.

Who will hold you through the seasons?

No podia haber un rumbo distinto para dos hemisferios de un mismo planeta: una vida.

Oh, she’s my… my 21st century girl.

Él era porque ella existía. De otro modo, él huibera sido otro.

Everybody has some place to go,
what happened to the days when we took it slow?
We were young then… We were young then.

Lamentablemente o por fortuna, el sol nos deslumbra cuando está cerca. Y él escapó con heridas en los ojos. Necesitaba aprender: aprender a mirarla.

And is this life goes passing by,

Pasaron los segundos como años y cuanto más tiempo pasaba, más se encogía su vida.

Oh, did you ever stop and wonder why?
Am I breathing for a reason?

¿Cómo conseguir algo si no se intenta?

Who will hold you through the seasons?

¿Quién si no él?

Oh, she’s my… my 21st century girl.

Hoy ya no es él.

She is my 21st century girl…

Hoy ya no es ella.

She is my 21st century girl…

Hoy no son ninguno.

She is my 21st century… oh, won’t you believe in me?

Hoy son ellos, los dos uno solo.

And is this life goes passing by,
Oh… did you ever stop and wonder why?
Am I breathing for a reason?
Who will hold you through the seasons?
Oh, she’s my… my 21st century… my 21st century… my 21st century…

Felicidades.


sábado, 29 de marzo de 2014

Benzaldehído

Fuego en las entrañas revestidas de plomo que, por tal combinación, convivían con espasmos como lo hacen la música y el silencio.

Con ese cáncer dentro, sufría las horas más bajas de su sol, que se enfriaba todos los días como si de un noviembre abocado, inexorablemente, a la nieve perpetua, que representa el encierro, se tratase. Un agujero negro y altamente gravitacional al que bien poco le importaban las señales del resto del cuerpo que imploraba clemencia con un llanto sórdido y perdido en la ventisca de ese noviembre frío, siempre y cuando su deformación particular del espacio material siguiera haciéndole dueño, a la fuerza (de la gravedad), de todo cuanto engullía.

Miedo.

Pero el camino estaba tomado y ella se maldecía por saber, en su fuero interno, que lo volvería a tomar sin siquiera sentir la presión del gatillo, que firmó su contrato, contra sus falanges de pianista.

Promesas etéreas y vanas palabras se amontonaban (inocente de ella) dejándole un sabor amargo en la tráquea. Un amargo tan denso que bloqueaba el aire y teñía de rojo su lechosa piel. Un amargo que se tragaba una y otra vez convencida (ciega) de que se acabaría. Esperando el dulce, oteándolo en el horizonte y festejando cualquier atisbo de su efímero y magnético olor. Olor que aparecía en ocasiones contadas solo para recordarle, sin decir nada, con superioridad y soberbia que, como ella, había muchas otras personas y que no por ser su garganta la que tragara la amargura -hecha miga- iba a ser la primera de la lista. Un olor lleno de inseguridad y poco empático pero que, sin duda, quería retener en sus fosas todo el tiempo posible.

Un timo a mano armada donde ella, aún a sabiendas, invertía todo cuanto tenía, con la certera duda que le daba un "te prometo" que ella misma defendía hasta el punto de verse estúpida haciéndolo y no quedar otra salida que evadirse de nuevo. Costase mucho o muchísimo.

Ya los momentos de abstracción valían lo que los malos mil veces, siendo total e inversamente proporcional la frecuencia con la que los mismos acontecían.

Basura.

Efímera y anhelada mierda que le calmaba el cuerpo y desentumecía la mente. Ya no podía sin ello, ya no podía con ello. Y entre esa melodía, que tantas otras veces había tarareado, escribía su última carta a nadie pero para todos. Rodeada por el negro halo que le cambiaría la existencia.

                                                                                                                                                                                                                                                                                            



-¿Qué tenemos aquí?

-Mujer, 23 años. No hay signos de violencia, sólo marcas en el brazo y entre los dedos de los pies.

-Sobredosis...

-Eso parece.

-Salgamos fuera a esperar a los forenses.

-Sí, aquí huele como... amargo.

-Es una lástima.

miércoles, 2 de octubre de 2013

A la manera de S

Aquel día dedujo a partir del contrario convencido.

-Ayer me ocurrió algo, más bien lo vi. Un vagabundo, con trazas de no albergar mucho tiempo en su cuerpo, recibió la primera (y quizá última también) limosna de la jornada: una moneda de plata.

-Jugoso premio, sin duda.

-Así es. Con esa moneda podría haber comido una semana o más, incluso darse algún capricho, ciertamente, pero nunca adivinaría lo que hizo, ¿quiere probar?

-Realmente no me veo en condiciones de adivinar.

-Pues bien, con la moneda compró jabón, un balde, cepillos, restos de carnicería y una barra de pan.

-¿y bien?

-Ya va, ya va... Compró todo eso para limpiar, enjuagar y cepillar a su perro, además de curarle el apetito con los restos.

-Una acción ejemplar, definitivamente.

-La cosa no queda ahí: cogió la barra de pan y se la entregó prácticamente entera al can, quedando el con una ínfima parte de comida. A duras penas llegará a mañana.

-Una elección de lo más inusual.

-¿Cómo puede ser alguien tan generoso? Me acordé entonces de su lección de la semana pasada, y, con todos mis respetos, creo que puedo afirmar, que desmiento aquello que dijo: El Ser Humano NO es egoísta.

-¡Vaya! Creo que tienes razón, puede que no lo haya pensado bien, felicidades sinceras.

-Gracias,sienta bien ser el maestro por una vez.

-Sí,sí, sienta bien. Sólo un momento, pues, si no te supone un gran trastorno, me asaltan dudas.

-Adelante, por favor.

-Gracias. ¿Por qué hizo eso el vagabundo?

-Evidentemente, S., porque es generoso.

-Ya,ya... pero ¿qué le reporta la generosidad?

-Pues satisfacción, claro.

-Claro. Entonces... no es que se quede de manos vacías, ¿verdad?

-Supongo que no es exagerado suponer la satisfacción como un pequeño premio.

-Bien, bien... ¿crees que la generosidad es voluntaria? ¿hay opción de serlo?

-Por supuesto, uno es generoso porque quiere y se lo dictamina su moral.

-O sea, que siempre hay otra opción. Es una elección ¿no?, es complejo... ¿por qué elegimos A y no B?

-Bueno, yo diría que el elector hace un balance y, normalmente, escoge la más beneficiosa. He aquí la generosidad: escoger la opción más negativa.

-Es decir, conectando con lo anterior: escoger una opción negativa nos satisface, luego no será tan negativa.

-Bueno, es cierto, si la elegimos será porque la satisfacción que nos da es mayor que lo positivo de la otra opción, retiro esta última deducción. Pero sigue sin ser egoísta porque es una buena acción.

-¡Vaya! ¿estás diciendo que el egoísmo está directamente relacionado con la maldad?

-Estoy seguro. Si no fuera así, la acción del mendigo sería tildada de egoísta por el hecho de que renunciar al premio de la comida no le es difícil porque le beneficia más el premio de la acción realizada: la felicidad. Si el egoísmo no fuera una mala conducta, los Seres Humanos serían egoístas por naturaleza en su búsqueda de la felicidad como fin ulterior.
Si no fuera así, debería afirmar que el Ser Humano es egoísmo en esencia, que las buenas o malas acciones no dependen de esta condición, sino de la situación, las opciones y de la moral de uno mismo, es decir, si a alguien le otorga mas felicidad actuar bien o mal, sea lo que sea cada cual. Y que la generosidad no es más que un tipo de egoísmo de beneficios etéreos pero fundamentales.

-¡Vaya! Pero esto es radicalmente opuesto a tu primera proposición.

-Lo sé. Y además, me doy cuenta de que es cierto, Mayeustro.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Para tí, humano

Oír cómo cae la intensa lluvia, o cómo se rasga el escaso aire.

   Curioso el ser humano. Nos gusta torturarnos con cualquier insignificancia. ¿Para qué? ¿Acaso debe haber una respuesta? Si la hay, es tan sencilla como compadecerse, si no hay nadie que lo haga, lo haré yo, sin problema. Y así exageramos respuestas, imaginamos malos actos, cercioramos descortesías contra nuestra excelentísima persona y, sobre todo, nos repetimos ese famoso y cómodo: Pobrecito yo, cuán desdichado soy. Lamentablemente cierto. Si nadie nos pregunta nos sentimos poco queridos, somos egoístas por naturaleza, porque sí.

   Siempre que caemos en un agujero nos quedamos dentro de él, por muy lleno de mierda que esté, por asquerosa humana comodidad. Desde ahí abajo es muy fácil ver a todos feos y malos... No es nuestra culpa si no de ellos, de nuevo:  Pobrecito yo, cuán desdichado soy. O acaso tú puedes decir que no insultas al profesor cuando te sale mal un examen, o miras mal a ese chico maleducado que no deja sentarse a una señora de arrugas surcadas con herramienta desde tu asiento y el de tu mochila.

   Así somos, así seremos y así... así de mal miraremos a los que intenten cambiar esto, raritos, extraños, especiales (con toda su carga peyorativa), cruzados y un sin fin de maneras de decir FELICES.

   La tristeza es una condición humana, muy poderosa para quien sepa tratarla y usarla a su favor.Sed inteligentes, aprovechad vuestra tristeza. Pintad un cuadro abstracto, componed una canción cargada de ñoñerías, sed más humildes, HACED CALCETA, o... abrid un blog. Efectivamente convivimos con la nostalgia, el desamor, la frustración la desconfianza y yo, orgulloso, presumo de saber adaptarlas a mi día a día. Porque Pobrecito yo, cuán desdichado soy. 

¿Sabéis lo peor? ¿lo que me hace sospechar que no soy lo que esperabais? Que toda esta mierda... me gusta demasiado.

miércoles, 30 de enero de 2013

Pequeña reflexión de madrugada

-Te has acostumbrado, querido. Estás ciego. Eres incapaz de ver el brillo del diamante que tienes delante.
-El brillo se apagó, no es mi culpa.

Infelicísima paparrucha. ¿No eres tú, aquel que limpia con esmero sus zapatos nuevos la primera semana, repasa con aprecio la segunda y pule sólo en ocasiones especiales en adelante? ¿podría, en una discusión razonable, atribuírsele el peso de la desgana o la mácula-corpus a esos zapatos que un día decidiste comprar, ya fueran una ganga o un robo? Es tan cierto como ciegos estemos, compañeros. Y es que una frase mal escrita (o mal leída) nos revuelve los más profundos esperpentos. Malestar para novatos. Chivatazo para quien lo vea (y para eso estamos).
Hay personas que de mirar al Sol se quedaron sin vista. Lo subestimaron. Estando tan lejos, ¿cómo puede hacernos nada?. Lamentable error. No os engañéis por el velo que deja la costumbre cada día, acumulándose sobre el de ayer. Si no vemos cada día como el primero, o incluso antes, perdemos la consciencia de la luz MARAVILLOSA que un día nos abrió los ojos. Daos cuenta, que no sea tarde, no dejéis nunca de limpiar vuestros zapatos, ni de pulir vuestras joyas, ni de alabar su sonrisa... no ahoguéis la música que os saca de la cama y os acuesta. Aunque sea por egoísmo o afán de superioridad.

Si no queréis lamentaros un día por no haberlo hecho de otro modo, valorad vuestros zapatos.

-¿ah, sí?
-Quizá... quizá él lo supo ver.

viernes, 4 de enero de 2013

De cómo el amor hace la niebla

Y me consumen las ganas de que se me quite este frío infinito, amarrado a mis huesos como las raíces de una secuoya se anclan a la tierra haciendo imposible todo deseo de alcanzar el vuelo. Ansío con locura (literalmente) sentir su aliento en mi espalda y que sus manos sequen el frío de mis piernas, mis brazos, mis pechos y mi espalda: todo mi cuerpo.

Sueño.

Desperté. Me sentía mucho mejor, quizá fuera por esas manos que rodeaban mi encogido ser. La izquierda extendida y con las falanges semiflexionadas, se asemejaba a la mano de Dios que Miguel Ángel dio a la humanidad en Roma de la misma manera que una mariposa se asemeja a una polilla: perfeccionando su belleza. La otra yacía sobre mi costado sujetando mi pecho con firmeza, no sin la ayuda de mi diestra que la comprimía más aún contra mí. Caí, entonces, en la cuenta. Él estaba allí, detrás de mí. Qué maravilloso sueño. Maravilloso y realista, muchísimo, demasiado, tuve miedo. Me levanté de golpe y el frío tacto del suelo en mis pies me hizo cerciorarme de que no era un sueño, para nada. Ahogué un grito en el pozo en que nada mi miedo y se me aceleró el corazón. Se despertó, me miró con la mirada más brillante que concibió la oscuridad de madrugada y me dijo, susurrando, "Vuelve a la cama". "¿Cómo has entrado?" "¿Qué importa? Tú quieres que esté aquí y nadie me lo impide". Era terriblemente cierto. Me cogió la mano y perdí el sentido. Me acurruqué como estaba antes y me planteé mi locura, dónde estaría mi sentido común. Sabía que aquello era tan bizarro como siniestro y no me preocupé, precisamente, me dormí.

Desperté y me di la vuelta, allí no había nadie. Ni indicios de que hubiera habido. Es más, era todo tranquilidad en la casa, y yo la reina indiscutible.

Fui a la cocina, estaban todos allí: papá, mamá y mi hermano. La única conversación que se oía era un lento pero continuo goteo. "Discutiendo como siempre" pensé. Preparé mi desayuno no sin antes mover a mi hermano de en medio de la cocina, pues le encantaba estar siempre molestando. Tuve, también que retirar a mi padre al suelo porque las demás sillas las ocupaban mi madre y cientos de kilos de ropa por planchar. Por suerte, y, en mayor medida, debido a la discusión, el suelo fue capaz de amortiguar el peso de mi padre, pues mi fuerza matinal no me dejó mover a mi padre con elegancia. Me limpié las manos y tomé mi desayuno. Ante mí, mi madre y mi hermano seguían discutiendo gota contra gota. Mi hermano había bajado el ímpetu de sus alegaciones tras haberlo movido. Daba igual, yo solo quería verle a él, abrazarle, darle un beso y contarle que había soñado con él esa noche. Solo él podía sacarme de aquel sufrimiento, lo sabía, simplemente, lo sabía. Recogí mi taza, me duché, me vestí, le di un beso a mi madre, me limpié su sangre y, por fin, fui a verle.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Gracias

-Dime, ¿Por qué me quieres?

¡PUM! Estalla... En mil pedazos, cada uno persiguiendo al de delante, y agobiado por el anterior, hasta rincones olvidados, puede que nunca conocidos, del complejo sistema de ideas que es nuetro cerebro. Mil secuencias en una milésima. Encajo la pregunta como un golpe bajo y certero al punto más debil de mi racionalidad y acto seguido (quizá por el suave deslizarse de la palabra "quieres" desde sus labios, dueños de mi riego, hasta mis tímpanos, agraciados por la onda perturbadora de la quietud del aire, efímero sin ella, que son sus palabras) sonrío, de lado, me sonrío. No yo, sino yo, en mi enredo más profundo y abismal, me confundo y quedo suspendido en el vacío mental, en veces lleno de orden y rigor, y en otras azotado por musical entropía. Mis ojos se entornan, mis vellos se erizan, mi lengua se seca y tu corazón deja de latir para solicitar bramando un pase al mundo exterior, lejos de los muros que, en no contadas ocasiones, sucumben al roce de tus suspiros.

Y tras todo esto, sigo sin respuesta, embobado, perplejo... Enamorado.

Solo ahora, con la tinta húmeda y las ideas vertiéndose en el papel, descubro la respuesta. ¿Que por qué te quiero tanto? Precisamente, y sin que sirva de precedente, te quiero tanto porque no sé por qué te quiero. Y eso, amigos míos, es maravilloso, no podía ser menos.

sábado, 6 de octubre de 2012

¿Por qué el sol y no las estrellas?

Abrir un nuevo día y sentir el calor que atraviesa el contaminado aire y acelera las partículas de nuestra piel es algo trivial, o, al menos, eso dice la gente, infelices... Es una estrella más, dicen. No lo comparto. Es mi estrella, y por tal, deja de denominarse estrella para llamarse Sol. El universo está plagado de ellas, las hay de todos los tamaños e incluso de muchos colores. Colorean nuestro cielo (la vida) y nos dejan embobados al mirarlas. Es precioso y placentero el ir de estrella en estrella, posando la mirada en cada brillo en el camino e incluso la imaginación o el alma. Miles de ojos se pasan la vida paseando por estrellas, y son felices, o, al menos, eso dicen.

Pero el Sol... El Sol no tiene punto de comparación. Este cuerpo celestial les supera en tantos aspectos a las pobres y lejanas estrellas que no sabría por donde empezar si me lo preguntara a la cara, a 10cm. Cuando sale el Sol no puedes ver las estrellas, porque, a pesar de que siguen ahí, carecen de poder (o atención) al lado de mi estrella. Son incompatibles, por descontado. Cuando te fijas en las estrellas, incluso en constelaciones, puedes pasarte la noche descubriendo nuevos nudos en esa gran mancha de leche, o fuera. Pero cuando miras al Sol, cuando te pierdes en la inmensidad de su interior (o en la belleza de su superficie), pasan cientos de momentos hasta que tu percepción visual del mundo vuelve a ser buena, o como quiera que fuera antes. Cientos de momentos, breve periodo de tiempo en contraposición al placer que me reportan las hormonas que, voluntaria o inconscientemente, son liberadas en mi pequeño ser como reacción a cualquiera de sus formas de manifestarse.

¿Por qué el Sol y no las estrellas? No tengo una repuesta ni clara ni concisa, ni siquiera coherente, quizá por eso me guste más cada día. Alguien, una vez me dijo que el motivo que busco se puede ver en mi mirada. Supongo que ese alguien estaría viendo al Sol reflejado en mis ojos.

sábado, 8 de septiembre de 2012

RUM

Como la música, talento.
Luna que sube mi marea
y limpia mis ojos de brea.
Como la música, sentimiento.

Alegría, luz en las madrugadas.
Joven universo en expansión,
cuerda, viento, percusión.
Gotas de papel mojadas.

Amanecía la noche, imprevista,
adelantando a su sombra moría.
Dejarla pasar fue la conquista.

Arpegios acordados, siempre sonreía.
¿No lo sabes? Tengo una pista:
mi mariposa vive más de un día.

sábado, 30 de junio de 2012

novena


Aquel que tiene la voluntad de escoger

Y así, entre brisas y pálpitos, mueren los días dejando su lugar a la vida.

Esa sensación, las tripas se levantan y se ponen en pie dentro de uno mismo, pisando todos y cada uno de los nervios del cuerpo en su torpe despertar. Esa sensación, que solo puede ser provocada por una luz aliñada con el color, salpicada del perfume de ese ser imperfecto. No hay luz más pura que la manchada por su contacto. Se graba en la retina, como esculpida a caricias. El cerebro recibe el éxtasis y, al no haber gestionado algo así jamás, se limita a tensar las mejillas forzando una semisonrisa cerrada para que esa lagrima cerebral no se escape por ella.

Cuidadoso de que la sombra de los dedos, que desprenden sus falanges por tocarla, no perturbe la tibia tranquilidad del reposo perfecto de aquel cuerpo, paso mi brazo por su fragancia y lo cerco para mí. Se ha movido, ha sido un chasquido de un engranaje que vuelve a girar. Arrastro mi cadera por aquella cama (nube en su presencia) hasta encajar en una posición en la que si nos fosilizáramos nos analizarían como uno solo.

Dicen que la belleza de un acto está en el camino y no en el final (como la masturbación). En este caso, el cenit es lo que hace que todo el sigilo y la precaución merezcan la pena. Hundir la cara en su nuca con los pulmones vacíos y llenarlos de este estimulo que los que lo aprecian poco y mal llaman olor es, absolutamente, lo mas cerca que puede uno estar del nirvana, el cielo o el infierno, lo que cada uno mas desee.

Y así muero dejando mis días a merced de su vida

Pura

Y así, entre pelos de punta y sonrisas ocultas, muere mi vida dejando lugar a sus días.

Ansia, no hay otra palabra que pueda describir mejor ese estado. El corazón se me sale del pecho si pienso lo cerca que esta. A mi espalda, sé que me esta mirando porque noto la calidez de su mirada en mi nuca, calentándome las ideas. Mi cuerpo se deshace en dos mitades (despreciando totalmente la pequeña partícula de mí que de veras quiere dormir así), la que quiere darse la vuelta y devolverle la mirada e instalarse en sus familiares retinas y la que quiere que sea él quien lo haga, privándome de reacción alguna por la complejidad del momento.

Como nubes fugaces, noto sus dedos pasando por encima de mis parpados. Su sombra calienta más incluso que el mismo sol. Caminan por mi barbilla y mi cuello hasta posarse en mis caderas, melancólicos, haciendo crujir algo en mi interior. Dejo que la gravedad me lleve cama abajo en la pendiente que genera su movimiento hacia mí con la intención de chocar cuanto antes. Somos uno.

Completamente todos y cada uno de mis vellos se erizan al notar como recoge para sí el aire que guardaba tras mi nuca para un momento así. Me estremezco y paso la lengua por mis labios ariados como único movimiento que puedo hacer sin romper la fragilidad del tiempo que se desliza entre mis dedos. El paroxismo agota mis sentidos. Es único, invencible, imperfecto.

Y así vivo, dejando su muerte a merced de mis días.

martes, 19 de junio de 2012

Pues vale...

Y la vida en un suspiro.
Tan amarga, tan rota de miedo.
Frágil como el crepitar de un hielo,
ahora siento lo que escribo.

Brota de mi mente, no hay clemencia,
donde había flores ya no hay suerte,
quien tenía vida yace inerte.
El control acaricia a la apariencia.

Empalaga y envenena a una vez,
mortal daga a la esperanza.
fatuo infierno bajo la tez.

Solo aquí, en la coda de esta danza,
siento alivio, ya no hay sed,
ha muerto, romántica, mi venganza.

miércoles, 2 de mayo de 2012

La Ansiada

Blanco enemigo, de vida carente.
Sorbos de néctar, quizá un don.
Vacío, antipático salón
donde brotan aladas simientes.

En el que prosa en su brazo,
en quien trastea en la madera,
como el invierno, muerte en primavera,
como la tensa calma del orgasmo.

Así llega, tenue y arpegiada,
a veces, suspiro de lamento,
otras, chispa previa a llamarada.

¿La conoces? Te la presento:
Inspiración, en batallas, mi aliada
contra su némesis, el silencio.

domingo, 25 de marzo de 2012

La Cinta de Möbius


Salió de clase confusa con la explicación del profesor. Ella era una de esas alumnas que preferían escuchar dos frases y divagar en ellas hasta encontrar la trufa que las hacía inteligibles antes que abrir las tragaderas y colar tinta en un cuaderno. Había pocos en clase como ella y los profesores lo sabían. Siempre sentada en la tercera fila, sin abstraerse del mojón del discurso pero sin rendir dulce pleitesía al orador desde la primera 
fila.

Si preguntaras a cada persona del aula por qué iban a clase, todos respondían con firmeza y convencidos: “Para labrarme un futuro mejor” (o sucedáneos). Incluso los profesores, a su modo. Ella era el lirio en el desierto, tirado o arraigado ¿qué más da? Ella asistía a aquellos insoportables soliloquios por la razón más simple, y en el fondo, más noble: aprender. Muchas veces se había planteado si le gustaría el trabajo que tuviera de mayor, pero no por ser desagradecido o poco motivante. La verdadera pregunta era: ¿Por qué no puedo seguir aprendiendo toda la vida en lugar de tener que llegar a un punto en que tenga que verter todo lo aprendido para que sirva de algo? ¿Acaso no sirve de nada tenerlo en la cabeza? No le gustaba la posición en que le ponía esa hipótesis y no le daba vueltas, al fin y al cabo, bendita ignorancia.
Seguía con la clase de Topología en la cabeza. La cinta de Möbius, ¡qué brillante invención! Era totalmente desconcertante. A mucha gente le preguntas por algo que tenga una cara y te dice “una esfera ¿no?”. Pobres… nunca podrían entender la majestuosidad de la Cinta ¿Cómo podía algo tener una sola cara? Nadie puede tener una cara, incluso la luna tiene una cara oculta. Era una idea de honestidad matemática, algo que no podía darte la espalda. Con solo imaginársela se le hacía la mente pequeña. Se veía caminando por la cara del geoide en línea recta y pasando por el punto opuesto, tras una vuelta. Te pillaba por sorpresa, ibas por la parte exterior y de repente, sin creértelo, estabas en la interior.
Llegó a casa y la construyó con un folio. La puso en la estantería, bien alta, para tenerla siempre presente. Allí, entre el cuadro que había pintado recientemente, “Alma”,  y un viejo trabajo manual en cera que había optado por bautizar “Cera”. Era lo único a lo que se parecía.

Día largo y estresante. De camino a la cocina encontró aquel raído pero confortable sillón donde solía pasar las resacosas tardes de  domingo. Su estado mental actual no distaba demasiado de aquella sensación, así que no podía ser malo. Se desplomó sobre el terciopelo verde, metió una mano entre el reposabrazos y el cojín adoptando esa postura que tanto le costaba abandonar, pero que merecía coger, aún con el estertor necesario para volver a la vida, y tan pronto como intentó sentir los muelles entre sus dedos tomó el tren hacia lo astral.

¿Había pestañeado? Seguía en la misma postura, sobre el mismo terciopelo verde y notando los muelles en las yemas. Lo extraño era el ambiente. Ya no estaba en la pequeña salita, ya no veía el pequeño espejo que enfrentaba la mesa, ni aquellos hilos que aventuraba a llamar alfombra. No había nada allí, salvo la botella de wishky que tenía en el tercer estante (que tampoco estaba) por si algún día la necesitaba. Esperanza sin cuerpo, y lo sabía. Tras hacer el estertor antes mencionado, asió la botella entre sus manos. “Wishky”, pensó. Aquella palabra siempre le había atraído, no por su imagen, sino por su léxico. Prefería decir: “Wishkey”. Wish… key… La llave de los deseos. Eso sí era una buena palabra. ¿Qué iba a hacer allí, en medio de ningún lado? Quizá os preguntéis por el entorno, pero ¿podríais decir el color de las paredes entre las que divagáis en un sueño? ¿Cómo explicar algo tan etéreo? Estaba claro que era un sueño. Intentó hacer aparecer ante sí algo que le apeteciera, pero no lo consiguió. Pasaron 5 minutos antes de que se diera cuenta. Tomó un trago de “Wishkey” y cerró los ojos.

Un timbrazo la bajó de la nube y ella llovió hasta la puerta. Cerró la puerta dejando como propina un “gracias” a aquellos guiris encorbatados. ¿Era posible que la migraña que sentía fuera resaca? Podía ser una sensación memorizada al levantarse de aquel sillón. No tenía suficiente descanso, quizá lo encontrase en la habiatación. Se dejó caer sobre aquella colcha tan infantil en la que otras veces se escondía y pensó en la situación. No estaba de humor, nada iba al derecho. Todo parecía estar en el lado opuesto de la pared donde apoyaba sus manos, exhausta. ¿Cómo podía llegar al otro lado de aquella pared si en esa habitación no había puertas ni ventanas ni siquiera esa pequeña rejilla llena de polvo para que saliera el humo? Acomodó la cabeza sobre la almohada alejando la mirada de la fría perpendicularidad de la derrota. Abrió un ojo, molesto por el haz de luz que se posaba sobre él, y lo supo. Ya sabía cómo llegar al otro lado de la pared. Se posaba en sus retinas aquel trozo de folio pegado con celo de la estantería, colocado entre el “Alma” y la “Cera”, aquella cinta… Vio que era una clara definición de la vida: caminamos en línea recta siempre y sin embargo, pasamos de estar en una cara a otra sin darnos cuenta, porque, en realidad, estamos en el mismo camino todo el tiempo. La vida, y el tiempo, solo deforman la óptica de la mirilla por donde los contemplamos y que tan poco nos deja ver. Acababa de entrar en la zona limpia del camino y la prueba era que la luz que le había molestado, colándose entre las cortinas, había alumbrado la solución.

Esto tampoco la pillaba por sorpresa. Ya le habían dicho antes algo parecido, un vago recuerdo le colmaba la lengua con la parte final de la frase. No era capaz de sacarla de su boca… ¡Qué rabia! Era algo como:
                               Las cosas buenas…

martes, 13 de marzo de 2012

Hipócrita gallardía


Rodeado por mí mismo
busco en un sino desierto
hazaña, locura de cuerdo
escalera hacia el abismo.
Miradas, calmedad en tempesta
menos y a la vez más lejos
en la hora indecisión (o reflejos)
hipócrita gallardía bien pasada ésta.
Caminar hacia tus labios
y entretenerse con un suspiro
que transforma ilusión en vilo
y cojones en ovarios.
Indeterminada exactitud,
certera aproximación,
el caminante entrará en razón
cuando libre brille al fin tu luz.

Amor en los bajos fondos


Paso, pienso, lento, siento...
Mientras tanto en mi cabeza
tú corres libre como el viento,
a latir mi alma empieza.
Involuntaria contradicción,
pues voy en busca de algo mío,
está atrapado en tu corazón,
las dos cosas que más ansío.
Cogiendo una, se hace ver,
la otra vendrá de la mano
para así, al fin, humano ser,
para así, al fin, ser humano.
Sólo queda ilusión en momentos
que sutiles alcanzan nuestros ojos,
impertérritos cruces de sentimientos
amor en los bajos fondos.

Relato

Allí yacía, tirado en su cama, habían pasado ya tres horas desde entonces, y seguía dándole vueltas. Si aquel señor no hubiera tosido, aquella mujer no hubiera mirado a su hijo o aquel cuervo no hubiera graznado… ¿dónde estaría?, ¿en qué pensaría?, ¿formaba todo aquello parte de un plan? No lo sabía, ni siquiera sabía cómo empezar a pensar en ello, era intentarlo y la pantagruélica montaña de opciones le oprimía el pecho hasta el punto de respirar sólo por inercia. Demasiado… ¡qué hambre!... Ya en la cocina, Sofía estaba haciendo con el envase de cereales algo, que, más que leer, sería lícito denominar con el término francés parcourir, caminar sin rumbo fijo: calorías, azúcar… Sólo el largo cabello que se desplazó a lo largo de la cabeza de Sofía impulsado por el aire que despertó el movimiento de un cuerpo inerte dirigiéndose al armario, logró romper la fingida naturalidad del momento. No se terció palabra. Únicamente resonó en los armarios el crujir de los cereales en la boca y el estruendo de unos, ya desgastados, engranajes cerebrales que decidían entre salchichón o mortadela como quien se fija en unos ojos mientras le preguntan algo y responde con un: sonrío y afirmo, espero no equivocarme.
Pedro salió de allí con el croissant en la mano (en efecto, no lo tenía claro). Sólo quedaban dos pasos para salir de aquel territorio hostil. Entonces la tensión fue fulminada por un carraspeo. Pedro se dio la vuelta, ella no levantó la cabeza, habría sido algún cereal luchando por escapar. Maldito cereal, había estropeado la “naturalidad” del momento. ¿Un cereal? Aquiles había caído con una flecha en un talón, pero…un cereal… Quería haber aguantado estoicamente, pero había titubeado con inseguridad, de hecho, sólo un inseguro pensaría en que había quedado como tal. Irrefutable, no había sido buena idea aquella incursión a esa azulejada y rancia cocina.
Dos mordiscos al sándwich (seguía sin tenerlo claro) y ya no tenía interés. Volvió a la cama, debería haberse quedado en la cama, quizá desde el principio. Que ¿Qué es el principio? ¡Oh! Perdonad, se me ha olvidado, con tantas galletas… (Ya he dicho que no estaba claro lo de la merienda).
En un principio, todo había ocurrido con verdadera naturalidad, había salido de casa, ido a la facultad, deseado morir en clase, comido e ido a tomar el helado a aquel restaurante donde trabajaba esa camarera, la de los grandes pechos… rutina. Tras saborear aquel helado, del mismo modo que escogería la merienda pero ocupado por un botón que no estaba donde debería estar; en lugar de por Sofía, salió de aquel sitio y cruzó el parque hacia casa, como siempre. Pero allí estaba ella, sentada en aquel banco, paseando su mirada por aquel libro sin tapas y sin título. Ése que podía cerrar en cualquier momento sin marcar la página porque no importaba por dónde lo abriera, siempre ofrecía un lugar por donde parcourir. Pedro se quedó inmóvil, enfrascado en sus pensamientos. Tan ensimismado que se había perdido a sí mismo, literalmente. Él había quedado quieto en aquel parterre mientras Pedro iba caminando, decidido, hacía Sofía. El pánico se había adueñado del Pedro incorpóreo, ¿qué estaba haciendo aquel ser físico con su persona, o la de Pedro, o lo que fuera? No podía creerlo, todo ese tiempo trabajando y esperando, para que, ahora, otro lo arruinara… Un momento, esto era nuevo, esos ojos, habían dejado de pasear y habían hecho un alto en aquel banco para darse un descanso en los de Pedro, el Pedro que aún podía rascarse la nariz (cómo le picaba). Todo estaba yendo bien, y eso era lo que peor le sentaba a aquel frustrado fantasma. Él había trabajado duro para conseguir a aquella maravillosa chica, no era justo que aquella alienación de sí mismo disfrutara del roce de los carnosos labios de Sofía. No era justo, no, no, NO, ¡NO! ¡Mierda!, qué picor más molesto. Se rascó. Ahora sí, qué alivio. Un momento, ¿alivio? Se había rascado. Volvía a estar en sí, y a juzgar por aquellos ojos anegados en decepción llevaba allí desde, al menos, el segundo “no”. Solo pudo reaccionar para observar, incrédulo, cómo cogía su libro sin tapas y se iba dejando el marca páginas de su aroma en aquel capítulo, en aquel parque. Entonces aquel señor tosió, aquella señora miró a su hijo y aquel cuervo graznó.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ojo por ojo, diente por diente

Mirada que la pasión evoca.
Razón que de pasión abstiene.
Solo necesito saber si tiene
Nubes el cielo de tu boca.

¿Crees que de el cuchillo el filo
Pasarás rozando tantas veces?
Límite rebosado, ya con creces,
Por fin, puntada sucede a hilo.

Frenesí desenfrenado,
Sentimientos a remojo.
Previo a amor, quizá simiente.

Ausente eco rumoreado.
Uno desea: ojo por ojo.
Otra implora: diente por diente.