sábado, 30 de junio de 2012

novena


Aquel que tiene la voluntad de escoger

Y así, entre brisas y pálpitos, mueren los días dejando su lugar a la vida.

Esa sensación, las tripas se levantan y se ponen en pie dentro de uno mismo, pisando todos y cada uno de los nervios del cuerpo en su torpe despertar. Esa sensación, que solo puede ser provocada por una luz aliñada con el color, salpicada del perfume de ese ser imperfecto. No hay luz más pura que la manchada por su contacto. Se graba en la retina, como esculpida a caricias. El cerebro recibe el éxtasis y, al no haber gestionado algo así jamás, se limita a tensar las mejillas forzando una semisonrisa cerrada para que esa lagrima cerebral no se escape por ella.

Cuidadoso de que la sombra de los dedos, que desprenden sus falanges por tocarla, no perturbe la tibia tranquilidad del reposo perfecto de aquel cuerpo, paso mi brazo por su fragancia y lo cerco para mí. Se ha movido, ha sido un chasquido de un engranaje que vuelve a girar. Arrastro mi cadera por aquella cama (nube en su presencia) hasta encajar en una posición en la que si nos fosilizáramos nos analizarían como uno solo.

Dicen que la belleza de un acto está en el camino y no en el final (como la masturbación). En este caso, el cenit es lo que hace que todo el sigilo y la precaución merezcan la pena. Hundir la cara en su nuca con los pulmones vacíos y llenarlos de este estimulo que los que lo aprecian poco y mal llaman olor es, absolutamente, lo mas cerca que puede uno estar del nirvana, el cielo o el infierno, lo que cada uno mas desee.

Y así muero dejando mis días a merced de su vida

Pura

Y así, entre pelos de punta y sonrisas ocultas, muere mi vida dejando lugar a sus días.

Ansia, no hay otra palabra que pueda describir mejor ese estado. El corazón se me sale del pecho si pienso lo cerca que esta. A mi espalda, sé que me esta mirando porque noto la calidez de su mirada en mi nuca, calentándome las ideas. Mi cuerpo se deshace en dos mitades (despreciando totalmente la pequeña partícula de mí que de veras quiere dormir así), la que quiere darse la vuelta y devolverle la mirada e instalarse en sus familiares retinas y la que quiere que sea él quien lo haga, privándome de reacción alguna por la complejidad del momento.

Como nubes fugaces, noto sus dedos pasando por encima de mis parpados. Su sombra calienta más incluso que el mismo sol. Caminan por mi barbilla y mi cuello hasta posarse en mis caderas, melancólicos, haciendo crujir algo en mi interior. Dejo que la gravedad me lleve cama abajo en la pendiente que genera su movimiento hacia mí con la intención de chocar cuanto antes. Somos uno.

Completamente todos y cada uno de mis vellos se erizan al notar como recoge para sí el aire que guardaba tras mi nuca para un momento así. Me estremezco y paso la lengua por mis labios ariados como único movimiento que puedo hacer sin romper la fragilidad del tiempo que se desliza entre mis dedos. El paroxismo agota mis sentidos. Es único, invencible, imperfecto.

Y así vivo, dejando su muerte a merced de mis días.