viernes, 4 de enero de 2013

De cómo el amor hace la niebla

Y me consumen las ganas de que se me quite este frío infinito, amarrado a mis huesos como las raíces de una secuoya se anclan a la tierra haciendo imposible todo deseo de alcanzar el vuelo. Ansío con locura (literalmente) sentir su aliento en mi espalda y que sus manos sequen el frío de mis piernas, mis brazos, mis pechos y mi espalda: todo mi cuerpo.

Sueño.

Desperté. Me sentía mucho mejor, quizá fuera por esas manos que rodeaban mi encogido ser. La izquierda extendida y con las falanges semiflexionadas, se asemejaba a la mano de Dios que Miguel Ángel dio a la humanidad en Roma de la misma manera que una mariposa se asemeja a una polilla: perfeccionando su belleza. La otra yacía sobre mi costado sujetando mi pecho con firmeza, no sin la ayuda de mi diestra que la comprimía más aún contra mí. Caí, entonces, en la cuenta. Él estaba allí, detrás de mí. Qué maravilloso sueño. Maravilloso y realista, muchísimo, demasiado, tuve miedo. Me levanté de golpe y el frío tacto del suelo en mis pies me hizo cerciorarme de que no era un sueño, para nada. Ahogué un grito en el pozo en que nada mi miedo y se me aceleró el corazón. Se despertó, me miró con la mirada más brillante que concibió la oscuridad de madrugada y me dijo, susurrando, "Vuelve a la cama". "¿Cómo has entrado?" "¿Qué importa? Tú quieres que esté aquí y nadie me lo impide". Era terriblemente cierto. Me cogió la mano y perdí el sentido. Me acurruqué como estaba antes y me planteé mi locura, dónde estaría mi sentido común. Sabía que aquello era tan bizarro como siniestro y no me preocupé, precisamente, me dormí.

Desperté y me di la vuelta, allí no había nadie. Ni indicios de que hubiera habido. Es más, era todo tranquilidad en la casa, y yo la reina indiscutible.

Fui a la cocina, estaban todos allí: papá, mamá y mi hermano. La única conversación que se oía era un lento pero continuo goteo. "Discutiendo como siempre" pensé. Preparé mi desayuno no sin antes mover a mi hermano de en medio de la cocina, pues le encantaba estar siempre molestando. Tuve, también que retirar a mi padre al suelo porque las demás sillas las ocupaban mi madre y cientos de kilos de ropa por planchar. Por suerte, y, en mayor medida, debido a la discusión, el suelo fue capaz de amortiguar el peso de mi padre, pues mi fuerza matinal no me dejó mover a mi padre con elegancia. Me limpié las manos y tomé mi desayuno. Ante mí, mi madre y mi hermano seguían discutiendo gota contra gota. Mi hermano había bajado el ímpetu de sus alegaciones tras haberlo movido. Daba igual, yo solo quería verle a él, abrazarle, darle un beso y contarle que había soñado con él esa noche. Solo él podía sacarme de aquel sufrimiento, lo sabía, simplemente, lo sabía. Recogí mi taza, me duché, me vestí, le di un beso a mi madre, me limpié su sangre y, por fin, fui a verle.